
Canela tiene 8 años, pero mide lo que mide un niño de 5, ojos de búho y cabello ondulado. Le gusta el color que toma el cielo al atardecer, recoger caracoles en la playa y hacer cuadros con ellos, pero sobre todo le gustan las flores.
Ella despierta media hora antes de lo acordado con su madre para conseguir distintos tipos de flores cuando recorre el camino a la escuela, porque a diario compite con sus compañeras, quien tiene la flor más bonita, se las lleva todas a su casa.
Un día Canela descubre unas curiosas flores pequeñas y amarillas, pero lo que le llamó la atención fue los raros palitos adornados de frágiles hojas blancas y suaves que las acompañaban. Amarilla-pensó-, lo escogió sin dudarlo, lo guardo en una botella de vidrio y siguió su camino al colegio.
Canela no jugo ese día con sus compañeras, escondió celosamente su Diente de león y a diario agarraba uno, más nunca jugo con sus amigas, porque prefería a esa curiosa planta que todas las flores comunes que encontraban las demás niñas.
Un día cuando Canela ya tiene una colección de Dientes de León en varias botellas transparentes, Abelardo, la única persona que la hacía feliz, descubrió el tesoro de la niña, y la trato de convencer para que los sacara de ahí. Ella sin dudarlo le dijo que no, porque eran quebradizos y muy delicados.
Abelardo, confundido por la obsesión de la pequeña fue a su casa y la persuadió, le dijo que si sacaba uno, y no le gustaba lo que iba a hacer con él, ella podría seguir encerrando a la flor y dejar de confiar en él por el resto de sus vidas.
Canela asustada cedió, Abelardo la llevo a la ventana, y le dijo: “Sopla Canela, sopla”… Ella, aunque dudo lo hizo con todas sus fuerzas y ese momento se convirtió en el instante más mágico e inolvidable de toda su vida. Los pétalos del Diente de León, volaron libres con ayuda de la brisa y fue cuando encontró realmente la belleza de la planta. Los sacó todos de las botellas, y fue la mejor tarde de toda su vida. Abelardo jamás la defraudaba.
Canela siguió recolectando Dientes de León, y luego de soplarlos antes de entrar al salón de clases, guardaba los tallos en los frascos. Canela creció guardando cada recuerdo que estaba contenido en un simple tallo.
Ahora Canela tiene 60 años, y vive en un lugar cálido y su jardín adorna sus mañanas con miles de Dientes de León, y su sala está ataviada por cuadros en los que están dibujados su esposo Abelardo y ella soplando Dientes de León cada uno de los días de su infancia, el día de su matrimonio, en paseos y también en su hogar. Canela tiene un salón con miles de Frascos etiquetados por meses llenos de tallos de la planta, y sigue siendo su mayor y único tesoro.
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